Capítulo IV-- Del dominio de sí

Resultado de imagen para abad antonio y el dominio de si

1 Unos hermanos de Scitia quisieron ver al abad Antonio. Se embarcaron en una nave y se encontraron en ella un anciano que también quería ir donde Antonio. Pero los hermanos no lo sabían. Sentados en el barco hablaban de las sentencias de los Padres, de las Escrituras y de sus trabajos manuales. El anciano guardaba silencio.

Al llegar al puerto supieron que también él iba en busca del abad Antonio. Cuando se presentaron, el abad Antonio les dijo: «Buen compañero de viaje encontrasteis en este anciano».
Y luego dijo al anciano: «Padre, has encontrado unos buenos hermanos».
Pero el anciano le respondió: «Son buenos pero su habitación no tiene puerta. En su establo entra todo el que quiere y desata el asno».
Esto lo decía porque los hermanos hablaban de todo lo que pasaba por su cabeza.
Imagen relacionada

2 El abad Daniel contaba que el abad Arsenio pasaba la noche en vela.
Después de velar toda la noche, cuando al amanecer quería dormir, por las exigencias de la naturaleza, decía al sueño: «Ven, siervo malo», y sentado dormía furtivamente un poco y en seguida se levantaba.

3 El abad Arsenio decía: «Al monje le basta dormir una hora, si es un luchador».

4 El abad Daniel decía: «El abad Arsenio ha vivido muchos años con nosotros y cada año le suministrábamos una escasa ración de alimentos. Y sin embargo, siempre que íbamos a verle comíamos de ella».

5 Decía también el abad Daniel que el abad Arsenio no cambiaba más que una vez al año el agua de las palmas, contentándose con añadir lo necesario el resto de las veces. Hacía esteras con las palmas y las cosía hasta la hora de sexta.

Le preguntaron los ancianos por qué no cambiaba el agua de las palmas, que olía mal. Y les dijo: «A cambio de los perfumes y de los ungüentos olorosos que usaba en el mundo, es preciso que utilice ahora este agua que hiede».

6 Y contó también: «Cuando el abad Arsenio sabía que los frutos de cada especie estaban ya maduros, decía: "Traédmelos", y probaba una sola vez un poco de cada uno, dando gracias a Dios».

Resultado de imagen para abad Agatón

7 Se decía del abad Agatón que durante tres años se había metido una piedra en la boca, hasta que consiguió guardar silencio.

8 El abad Agatón viajaba un día con sus discípulos. Y uno de ellos encontró un saquito de guisantes en el camino, y dijo al anciano: «Padre, si quieres lo cojo».
Admirado Agatón, se volvió y dijo: «¿Lo has colocado tú ahí?». «No», respondió el hermano.
«Pues, ¡cómo- exclamó el anciano- quieres llevarte lo que no has puesto!».


9 Un día, un anciano vino al abad Aquiles, y viendo que arrojaba sangre por la boca, le pregunto: «¿Qué es esto, padre?».
Y dijo el anciano: «Una palabra de un hermano, que me ha contristado y que estoy intentando guardarla dentro de mí sin devolvérsela. Y he rogado a Dios que me la quitase, y se ha convertido en sangre dentro de mi boca. Y ya la he escupido y he recobrado la paz y olvidado mi disgusto».

Resultado de imagen para Un día, un anciano vino al abad Aquiles, y viendo que arrojaba sangre por la boca, le pregunto: «¿Qué es esto, padre?».

10 Un día en Scitia, el abad Aquiles entro en la celda del abad Isaías y le encontró comiendo. Había puesto sal y agua en su plato.
Pero viendo que lo escondía detrás de una brazada de palmas le dijo:
«Dime, ¿qué comías?».
El abad Isaías respondió: «Perdóname, Padre, estaba cortando palmas y he sentido calor, tomé unos granos de sal y los metí en la boca.
Pero como no pasaba la sal que había puesto en mi boca, me he visto obligado a echar un poco de agua sobre la sal fina, para poder tragarla. Pero, ¡perdóname, Padre!».
Y el abad Aquiles dijo: «Venid a ver a Isaías comedor de sopa en Scitia. Si quieres tomar sopa, ¡vete a Egipto!».


11 El abad Ammoés estaba enfermo y tuvo que guardar cama muchos años. Pero nunca se permitió examinar el interior de su celda para ver lo que tenía. Le traían muchas cosas, como se hace con los enfermos, pero cuando su discípulo Juan entraba o salía, cerraba los ojos para no ver lo que hacia. Sabía que Juan era un monje de toda confianza.

12 El abad Benjamín, presbítero en las Celdas, fue un día a un anciano de Scitia y quiso darle un poco de aceite. Este le dijo: «Mira dónde está el vasito que me trajiste hace tres años: donde lo pusiste allí sigue». Al oír esto, nos admiramos de la virtud del anciano.


13 Se contaba lo siguiente del abad Dióscoro de Namisias: «Comía pan de cebada y de harina de lentejas. Y cada año se ponía la observancia de una práctica concreta. Por ejemplo, no ir en todo el año a visitar a nadie, o no hablar, o no tomar alimentos cocidos, o no comer ni frutas ni legumbres. Y así procedía en todas sus obras. Y apenas terminada una cosa, comenzaba otra, y siempre durante un año».
Resultado de imagen para abad Dióscoro de Namisias

14 El abad Evagrio dijo que un anciano le había dicho: «Aparto de mi los deleites carnales para evitar las ocasiones de ira. Pues sé muy bien que la cólera me combate con ocasión de estos deleites, turbando mí espíritu y ahuyentando el conocimiento de Dios».

15 Epifanio, obispo de Chipre, envió un día a decir al abad Hilarión: «Ven para que nos veamos antes de morir».
Se encontraron y mientras comían les trajeron un ave. El obispo se la ofreció al abad Hilarión, pero el anciano le dijo: «Perdona, Padre, pero desde que vestí este hábito no he comido carne».

Epifanio le respondió: «Yo, desde que tomé este hábito, no he permitido que nadie se acostara teniendo algo contra mí, ni he dormido nunca teniendo algo contra alguno».
E Hilarión le dijo: «Perdóname, tu práctica es mejor que la mía».

16 Decían del abad Eladio que había vivido veinte años en su celda sin levantar los ojos para ver el techo.

17 El abad Zenón, caminando un día a Palestina, sintió cansancio, y se sentó para comer junto a un campo de pepinos. Y su espíritu le empujaba diciendo: «Toma un pepino y cómelo. ¿Qué valor tiene un pepino?».
Pero él respondió a su pensamiento diciendo: «Los ladrones son llevados al suplicio. Pruébate a ti mismo para ver si puedes soportar los tormentos». Se levantó y se puso cinco días a pleno sol y mientras se tostaba decía: «No puedo soportar los tormentos».
«Pues si no puedes soportarlos, no robes para comer», concluyó.

18 Dijo el abad Teodoro: «La falta de pan extenúa el cuerpo del monje».
Pero otro anciano decía: «Las vigilias lo extenúan más».

19 El abad Juan, que era de pequeña estatura decía: «Cuando un rey quiere tomar una ciudad a los enemigos, primero les corta el agua y los víveres, para que agotados de hambre capitulen. Lo mismo ocurre con las pasiones carnales: si el hombre vive en ayuno y hambre, los enemigos que tientan su alma se debilitan».

20 Dijo también: «Subía un día por el camino que lleva a Scitia, con un fardo de palmas. Vi un camellero gritando, que me empujaba a la cólera. Abandoné mi carga y huí».

Resultado de imagen para Del dominio de sí