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TESTIMONIO: CÓMO DESCUBRÍ LA BELLEZA DE LA MODESTIA




¿SABES EL PORQUÉ DE LA IMPORTANCIA DE LA MODESTIA?
por Emily Pass

Soy una estudiante de diecisiete años de edad, de cuna católica y he sido educada en casa desde el cuarto grado. Sin embargo, al pensar en mi infancia, no tengo recuerdos de que mis padres hayan tenido que ser estrictos en cuanto a la cuestión de la modestia en mi manera de vestir. Habiendo sido educada en casa, rara vez necesité que me dijeran que encontrara algo menos entallado o menos revelador para vestir. Esto, lo atribuyo al hecho de que tuve la suerte de tener menos presión para vestir inmodestamente que la mayoría de las chicas de mi edad.

Entre los doce y dieciséis años, mi principal vida social fuera de casa era mi equipo de natación, lo cual fue una experiencia interesante. En poco tiempo surgió un grupo de chicas con el que continuamente pasaba el tiempo y que consideraba mis mejores amigas. Recuerdo que yo ya tenía una opinión sobre lo que era indecente en aquel entonces y ya comenzaba a desarrollar la reputación de ser “la religiosa” entre mis amigas y un poco la de mojigata. Yo era la chica que iba a las prácticas en pantalones vaqueros y una camiseta grande que cubría mi cadera (N. de la R.: pues ya empezaba a advertir que los jeans ajustados eran incorrectos, aunque después se relajó) y solía debatir con mis amigas sobre por qué los bikinis “no son tan geniales”.


Me viene a la memoria una amiga, cuando nos dijo al grupo de chicas en el vestidor que se iba de vacaciones y que no podía esperar llegar a la playa vistiendo su nuevo bikini. Cuando le pregunté por qué quería usar un bikini en vez de un traje de baño normal de una pieza, ella sonrió con picardía y dijo que el bikini atraería la atención de los chicos. Eso me puso a pensar. Entonces es por eso que las chicas nos vestimos así, ¿no es cierto? Para llamar la atención de los chicos. 

Si bien ocasionalmente solía discutir con mis amigas sobre la inmodestia, aun así tenía que luchar contra ella yo misma. La atmósfera de las personas en la alberca ejercía cierta presión en mis decisiones sobre cómo vestirme. De pronto me encontré usando tops un-poco-demasiado-ajustados y pantalones cortos un-poco-demasiado-cortos cuando sabía que iba a ver un tipo que me gustaría en ese tiempo, pero realmente nunca le dí mucha importancia al por qué. Yo sabía que vistiendo de esa manera me ayudaría a atraer la atención, pero ingenuamente nunca acabé de entender que un hombre ve el mundo desde una perspectiva totalmente diferente a como lo hace una chicaNo sabía que un hombre sentiría probablemente cosas diferentes cuando veía a una chica atractiva a lo que le ocurre a una chica cuando ve a un chico atractivo. Ciertamente sabía que las chicas y los chicos veíamos las cosas de otra manera, pero simplemente no me daba cuenta de cuán diferente. Con toda honestidad, yo sólo quería verme “linda”.

Así que todo ese tiempo, mientras crecía mi amor por el Señor, no fui lo suficientemente lista para darme cuenta que estaba siendo un poco farisaica al mismo tiempo que hipócrita. Mientras que en mi mente nunca me vestí tan atrevida como el resto de mis amigas con todo casi llegaba a sobrepasar los límites que yo misma me había impuesto tal como ellas lo hacían. Mi corazón no estaba puesto en el lugar correcto. Me vestía con relativa modestia (N. de la R.: o menos liberal que las demás) porque “era lo correcto” pero no por respeto a mi propia dignidad y por amor y respeto a la dignidad de los hombres que me verían.

Curiosamente, fue justamente un joven quien me hizo consciente del hecho que me faltaba el corazón de una mujer verdaderamente modesta. Lo conocí en una Conferencia de Steubenville, un retiro de una semana auspiciado por la Universidad Franciscana de Steubenville para estudiantes de preparatoria a nivel nacional. El primer día me aparecí vistiendo una camiseta y unos pantalones cortos. Ahora los llamaría pantalones cortos demasiado cortos, pero en ese tiempo sentí que estaba vestida apropiadamente. Esto es, hasta que vi a un joven en el grupo que era de mi ciudad, quien evidentemente amaba a Dios e inmediatamente me gustó. Naturalmente me di cuenta rápidamente de lo corto que eran mis shorts en realidad. Me percaté que este joven era el tipo de persona que probablemente no consideraría a una chica que no vestía con modestia un prospecto adecuado para ser su novia. Así que cambié mi táctica a algo que era totalmente contrario a lo que el mundo me había enseñado. Mostré menos mi cuerpo para llamar la atención de un hombre.


Y en efecto, comencé a interesarme en el tema de la castidad y la modestia mucho más. Escuché mucho de Jason Ebert, un conferencista sobre la castidad que habla particularmente a los jóvenes. Sus ideas tenían mucho sentido y me aclararon bastante lo que antes no había yo entendido sobre la modestia. Aprendí que vestir modestamente no es para ocultar nuestros cuerpos porque éstos son sucios, sino más bien velarlos porque son santos. Y mis nuevas tácticas para atraer hombres me dieron el valor para vestime de una manera santa. Solía ir a mi armario con el joven que conocí en la Conferencia en mi mente y me preguntaba: “¿Le gustará a él que vista esta prenda?” Si la respuesta era no, porque no era lo suficientemente modesta, no me la ponía. Abordar así este tipo de decisiones me facilitó muchísimo dejar de vestir las prendas que sobrepasaban el límite.

El tema de la modestia pronto se convirtió en objeto de creciente interés para mí mientras escuchaba las conferencias de Jason Ebert por Internet y leía sus libros. Nunca le di demasiada importancia a cómo veía un joven a una chica hasta que Jason me lo explicó. Finalmente, aprendí que la manera cómo uno se viste envía un mensaje al mundo. Si alguien viste ropa deportiva, el mundo asumirá que es un atleta, y si alguien se viste de jeans, botas y sombrero vaquero, el mundo asumirá que se trata de una persona que vive en el campo. Si una chica se viste de manera que revela su cuerpo al mundo, el mundo asumirá que ésa es su mayor atracción. Por el contrario, si una chica vela su cuerpo y respeta su propia dignidad así como la dignidad de los demás, será más fácil para el mundo entender que hay mucho más detrás de esta chica que una colección de partes del cuerpo.


Alrededor de la Navidad del año pasado, descubrí una manera buenísima para explicar cómo una chica vestida con modestia sería de hecho más cautivadora que otra que revelara más de su cuerpo. Como dije, era la época de la Navidad y yo acababa de terminar de acomodar algunos regalos recién empacados debajo del árbol. No me tardé mucho en notar que algunos de éstos tenían mi nombre escrito. Naturalmente, los recogí uno por uno, los estudié, sacudiéndolos y volteándolos, tratando de adivinar qué contendrían. Me di cuenta que esa misma impresión y curiosidad causaría en los hombres una chica modestamente vestida. Sentí que los hombres que veían a una chica así, probablemente se sentirían atraídos hacia ella como a un regalo de Navidad empacado. Esto los inspiraría a estudiarla y a llegar a conocerla para descubrir que hay dentro de su corazón y no debajo de su ropa. Entonces me di cuenta que podía comparar la falta de modestia a un regalo sin envolver. Si bien hay una emoción inmediata cuando recibimos un regalo, el entusiasmo desaparece mucho más pronto cuando le quitas el misterio de lo que hay dentro.

Darme cuenta de esto me hizo evidente que una joven mujer que se viste con modestia invita a los hombres a apreciarla. Entender que las mujeres podemos ser cautivadoras para los hombres del mismo modo que cautiva un regalo debidamente empacado, de alguna manera fue halagador y me llevó a querer vestirme modestamente aun más. Esto también me llevó a descubrir con sorpresa que yo misma era realmente hermosa y cautivadora y que cualquier mujer lo era también. Pude verme a mí misma y a todas las demás mujeres como auténticamente hermosas, la joya de la corona de la creación de Dios.

El concepto de modestia realmente consiste en tomar la belleza femenina y velarla, no ocultarla, lo cual en verdad atrae la atención a la belleza entera de la mujer llevando a los demás a honrar y respetar esa belleza. Esto permite a quienes la rodean, percibir la belleza de su mente, su alma y su corazón así como de su cuerpo y reconocer todo ello como algo sagrado. Por tanto, ahora me causa verdadera tristeza ver a una mujer vestida de manera atrevida, lo cual desafortunadamente sucede con demasiada frecuencia. Me siento triste porque en esa mujer hay mucho más, hay una belleza profunda y ella misma impide que sea vista.

Viví una experiencia sorprendente el pasado verano y creo que nunca hubiera ocurrido si yo no me hubiera vestido con modestia. Este verano tuve a un grupo de amistades de la iglesia con las que salía regularmente y todas ellas, excepto yo, eran hombres. Fue una hermosa experiencia poder andar con estos jóvenes y sentirme segura y respetada todo el tiempo, sin mencionar cuán honrada me sentí con su amistad. Sé que esto no hubiera sido posible si yo me hubiera vestido de manera atrevida. En tal caso, ellos no hubieran podido disfrutar auténticamente mi amistad y compañía, ya que la mitad de su mente hubiera estado distraída y ellos hubieran estado tentados a pecar si yo no hubiese velado mi cuerpo. Mis acciones fueron respetuosas para ambos: para mí y para ellos. Vestirme con modestia les permitió ser caballeros con armadura brillante y mostrar hacia mí un trato caballeroso, convirtiéndome así en la princesa. Realmente me sentí hermosa, por dentro y por fuera. ¿Y qué mujer no quiere ser apreciada así?

Me gustaría que todos los jóvenes hombres y mujeres de mi edad pudieran experimentar relaciones buenas y puras como ésta. Creo que toda chica necesita a un hermano en Cristo que espere de ella que se trate a sí misma con clase y dignidad y tratarla él también como la princesa que es. Quisiera que todas las jóvenes mujeres en el mundo supieran que son un tesoro y esa hermosura de mujer que Dios creó. Yo reto a las jóvenes mujeres de hoy a mostrar menos sus cuerpos y más a sí mismas. La belleza de una mujer fue creada a imagen de Dios, así que glorifiquemos a Dios en nuestros cuerpos y esforcémonos por ser puras en todos los aspectos, de tal manera que llevemos a otros a Cristo.

“¿No saben que su cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en ustedes y han recibido de Dios y que no se pertenecen?...” (1Cor 6,1).



Nota: La primera imagen no es la de la autora. Fuente


COMENTARIO DE CATOLICIDAD:

Cristo señala que quien ve a una mujer con deseo sexual ya fornicó con ella en su corazón, de ahí que quien -con su modo de vestir o de actuar- provoca al prójimo a ese deseo, naturalmente es culpable del pecado grave que éste comete. Y esto vale para hombres y mujeres, sin ignorar que -en general y por sus características psicológicas y culturales- el hombre tiene una tendencia mayor a estos pecados, de ahí que algunas mujeres, a veces, no distingan lo provocativo de tal moda o actitud. Muchas veces es necesario hacérselos ver con la debida delicadeza y considerando su edad, para que estén conscientes de ello. Esta función atañe a la educación en casa.

Lo grave es que, generalmente, uno se engaña y muchas veces intenta ignorar qué es lo provocativo, y se dice que tal moda o tal actitud no lo es porque muchos o muchas la utilizan o actúan de tal o cual modo. Pero hablando con esa plena sinceridad sin sombra de hipocresía, de esa honesta sinceridad de que hace gala la juventud, no es posible que ante la exhibición descarada que se hace del cuerpo no se sienta la voz del instinto como un canto de sirena que incita a pecar.

Así, por ejemplo, a una mujer le está vedado ir indecorosamente vestida a cualquier sitio, pues es indebido -por sí mismo- que se presente de esa forma; pero que penetre al templo así es aun más grave. El templo es un lugar sagrado, es la casa de Dios, donde su presencia es más real y efectiva, y donde está Cristo prisionero de amor en el Sagrario, que se inmola día tras día en el Santo Sacrificio de la Misa por nuestros pecados. Merece un respeto absoluto, una compostura rigurosamente impecables. Resulta triste ver que una gran masa de católicos han olvidado (?) como deben estar ante la Presencia Divina.

Si no es lícito exhibir desnudeces en ningún lado, en el templo menos que en otra parte. Así deben evitarse vestidos transparentes o cortos o exiguos de tela, o escotados, tampoco usar ropa ceñida, ni nada que muestre o sugiera lo que las mujeres honestas de cualquier época siempre ocultaron. Menos, todavía, deben acercarse así a los sacramentos. Incluso, debe cuidarse la DIGNIDAD y no sólo el pudor. Es, por ejemplo, inconveniente que un hombre acuda en shorts a la iglesia.

El vestido es para vestir y no para sugerir o enseñar

De ahí la necesaria congruencia tanto de la mujer realmente católica como del varón cristiano en su vestir digno y su comportamiento social, y sobre todo en la casa de Dios.

El pudor es una cualidad humana que se aprende desde niño, quien no lo ha aprendido así o lo ha olvidado, es sumamente difícil que lo adquiera o lo recupere. De ahí la necesidad de que esta importante virtud se enseñe en casa, desde niños.

Existen muchos aspectos a cuidar en un niño. Así, sólo por dar algunos ejemplos, no debe haber en la casa ni revistas impropias, ni videoso películas inconvenientes, ni un acceso indiscriminado o poco vigilado a la T.V. o al internet, etc. Del mismo modo cuidar y supervisar los juegos, la clase de compañeros y amigos que tienen, etc., así como conservar la propia intimidad de cada miembro de la familia, evitando, por ejemplo, bañar juntos a los hermanos o descuidos en la forma de vestir de los demás miembros sólo por estar en casa.

El cuidado y la enseñanza de la debida intimidad, deberá de realizarse con esmero, poniendo los padres el ejemplo, pero sin una actitud gazmoña que pueda provocar malicia. Al contrario, el pudor debe ser una manera alegre y natural de vivir, una virtud que se vive con convicción y no como una carga. En la vestimenta no implica vestir sin buen gusto. El pudor, en el amplio sentido, con todo lo que abarca, es una cualidad humana, pero indudablemente tendrá un fundamento mayor cuando se sobrenaturaliza y se finca en el amor a Dios, en ese único Dios que -como sabemos- es precisamente la esencia del Amor.


Y finalmente, consideremos que en una sociedad como la nuestra, es más fácil pecar de liberalidad que incurrir en exageración en este tema, por lo que es fundamental revisar nuestros usos y costumbres, y hacer una sincera y profunda reflexión -ante Dios- de todo ello. Siendo católicos, nuestras normas no son las del mundo.

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